En nuestras tormentas
El viento rugía, los relámpagos encandilaban, las olas golpeaban. Pensé que moriría. Mis abuelos y yo estábamos pescando en un lago, pero nos habíamos quedado demasiado tiempo. Cuando el sol se puso, una rápida borrasca se desató sobre nuestro pequeño bote. Mi abuelo me dijo que me sentara en la popa, para no darnos vuelta. En ese momento, no sé cómo, empecé a orar, aterrorizado. Tenía catorce años.
Cuando Dios nos llena
¿Qué había hecho? Tendría que haber sido uno de los momentos más emocionantes de mi vida. En cambio, fue de los más solitarios. Acababa de conseguir mi primer trabajo «real» después de la universidad, en una ciudad a cientos de kilómetros de donde nací. Pero la emoción de ese gran paso se desvaneció pronto. Tenía un apartamento pequeño y sin muebles. No conocía la ciudad ni a nadie. El trabajo era interesante, pero el sentimiento de soledad era devastador.
De arañas y la presencia de Dios
Arañas. No conozco a ningún niño a quien le gusten. Al menos, en su habitación… a la hora de dormir. Pero mi hija, cuando estaba por acostarse una noche, vio una araña peligrosa cerca de su cama. «¡¡¡Papá!!! ¡¡¡Araña!!!», gritó. Por más que lo intenté, no pude encontrar a la intrusa de ocho patas. «No te va a hacer nada», le aseguré, pero ella no estaba muy convencida. Solo cuando le dije que me quedaría al lado de su cama para vigilar, accedió a meterse en la cama.
Aprovechar la oportunidad
Como muchos, lucho por hacer suficiente ejercicio. Por eso, hace poco, compré un artefacto para motivarme a la acción: un podómetro. Es algo simple, pero resulta asombroso cómo este contador de pasos afecta mi motivación. En vez de quejarme cuando tengo que dejar el sofá, lo veo como una oportunidad para sumar pasos. Las tareas comunes, como darles un vaso de agua a mis hijos, se convierten en oportunidades para alcanzar un objetivo mayor. En ese sentido, mi podómetro me cambió la perspectiva y la motivación. Ahora, busco dar más pasos cada vez que sea posible.
Cultivar un corazón de siervo
Había sido un día largo en el trabajo. Pero, cuando llegué a casa, fue el momento de comenzar mi «otro» trabajo: ser un buen padre. Los saludos de mi esposa y mis hijos se convirtieron de inmediato en: «Papá, ¿qué hay para cenar?»; «Papá, ¿me traes agua?»; «Papá, ¿podemos jugar al fútbol?».
Lo único que yo quería era sentarme. Aunque…
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